Eva y la serpiente
Lo sagrado femenino
Hay una imagen que se repite a lo largo de toda la historia humana, en mitos, religiones y relatos: la serpiente, y en especial su relación con la feminidad.
La serpiente, en todas sus formas, desde la culebra enroscada en el árbol del Paraíso hasta Tiamat, la serpiente mesopotámica en forma de dragón primigenio, aparece como la forma simbólica del caos, aquello que no comprendemos, lo oculto, lo que puede destruirnos sin previo aviso.
Esta criatura que repta más allá de los límites de nuestra percepción no solo es peligrosa en el sentido de lo desconocido; también es sabia, custodia de todo el conocimiento que ni siquiera concebimos que existe.
Es aquí donde aparece la distinción entre el comportamiento masculino y femenino en relación a ese caos.
Lo masculino tiende a enfrentarlo, a estructurarlo, a darle forma para extraer lo valioso de él y crear orden. Pero lo femenino, en cambio, mantiene una conexión más directa con el caos.
La vida emerge desde lo femenino. El nacimiento —la aparición de algo radicalmente nuevo en el mundo, ya sea un ser vivo o una creación artística— surge de un espacio que, en esencia, es desconocido. Nadie puede prever completamente qué va a surgir de la matriz femenina en la que se gesta la vida.
En ese sentido, desde la Prehistoria y sus primitivas Venus talladas en hueso, la creación de lo nuevo y el misterio fundamental de la existencia está ligado con lo femenino y lo desconocido.
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En el relato del Génesis, la serpiente no se dirige primero a Adán, sino a Eva. No porque Eva fuera más fácil de seducir que Adán, sino porque la conexión entre lo femenino y lo desconocido, lo caótico y primito, es más inmediata y profunda. Quizás, Adán hubiera rechazado el fruto por su miedo masculino a lo que no podía conocer. ¿Quién sabe si hubiera matado a la serpiente para que no volviera a tentarle?
La conexión con lo desconocido implica tanto potencial como peligro.
A lo largo de la historia, las hembras —especialmente en su función de cuidado— han estado expuestas de forma constante a amenazas invisibles y letales. Ese vínculo entre protección, vulnerabilidad y peligro ha quedado inscrito en el imaginario humano, reforzando la asociación entre lo femenino y lo serpentino.
De ahí que la relación con lo femenino nunca sea completamente segura. Porque lo femenino no solo atrae, también rechaza, selecciona, y filtra, sobre todo cuando hablamos de las relaciones más primitivas entre hombres y mujeres.
En su versión más primaria, la feminidad no actúa solo como una fuente de atracción, sino también como manifestación de la naturaleza en su forma más cruda, pero también más sabia: no todo puede sobrevivir ni continuar, sino tan solo los mejores.
Mientras lo simbólico masculino tiende a enfrentarse al caos para vencerlo e imponer orden, construyendo así la civilización y la sociedad, lo simbólico femenino representa el magma primigenio de la vida y su justo equilibrio, que implica integrar los contrarios, el bien y el mal, la maravilla y lo cruel, para que puede haber generación, muerte y regeneración.
Esa dimensión es la que hace posible la vida, el cambio y la transformación.
Fuente: Jordan Peterson, Más allá del orden.






